koshchey: (divan)
[personal profile] koshchey
¿Qué era este edificio y para qué tenía que ir allí?
Me sentía un poco perdido. La típica arquitectura de los años treinta para edificios públicos, como del hospital «Tornú» o el «Raffo», también como del colegio «Bencasconi» o la facultad de Agronomía: un gran predio cercado con varios pabellones.
Yo estaba ahí con un propósito, ¿pero cuál? Yo recorría los pasillos, me asomaba a algunas salas, que no se perecían ni a las aulas ni a salas hospitalarias, más bien a oficinas públicas, con vetusto mobiliario, un montón de carpetas o expedientes y prácticamente sin gente a quién preguntar. En una de estas salas me vi a mí, a la edad de nueve o diez años abrazándome a una compañera de la escuela.
¡Qué raro, esto nunca había sucedido! No eran mis recuerdos, ni siquiera mis fantasías…
Se me acercó una chica, de unos veinticinco años, con una figura espectacular. Vestía unos jeans ajustados que resaltaban la belleza de sus muy largas piernas, una blusa amplia color natural, bastante cerrada. Su rostro, que apenas tenía maquillaje, me sonreía. Sonreían sus labios y sus ojos de un azul muy profundo. En su pelo castaño, con corte casi «à la garçon», con muy dorados reflejos jugaba el sol, que entraba por la ventana a través de la corona de un enorme jacarandá.
Yo la conocía… ¿Pero de dónde? No podía acordarme, ni su nombre, ni quien era ella. Me sentía realmente incómodo. Le respondí con una sonrisa y ella se acercó a mí y me tomó de la mano izquierda. Sobre tacos de diez centímetros era más alta que yo.
—        Vamos, — me dijo, — te tengo que enseñar algo.
Ella me llevaba fuera de la sala, pero yo volteé y vi varias madres con niños, como en una sala de espera de un consultorio pediátrico. Estaban vestidas a la moda de los sesentas. Yo quise preguntar algo, pero ella me tapó la boca con un beso.
Me llevaba a través de un laberinto de salas contiguas sin ningún mueble, pero donde había algunas personas, a las cuales no le pude distinguir rostro alguno, ya que siempre estaban de espaldas a mí, en actitud de espera ante alguna puerta, siempre cerrada.
Nosotros nos movíamos solamente a través de puertas abiertas y de bajo del alfeizar, ella giraba hacia mí y me daba un breve beso en los labios, en seguida escapándose de mi intento de abrazarla; pero, sin soltarme la mano. Una vez, que pasábamos a otra sala, ella cerraba cuidadosamente la puerta sin hacer ruido alguno.
Finalmente, llegamos a una habitación más pequeña, de unos cinco metros de lado, que no tenía puertas abiertas. Las paredes eran de un azul pálido, muy roído. Había una ventana con cortinas desgarradas y con celosías metálicas cerradas. Ella se acercó a un rincón donde divisé una puerta del mismo color que las paredes. Ella corrió el pasador y abrió la puerta, que daba al predio exterior:
—        Aquí podríamos quedarnos, pero no tenemos nada aquí. Comprá una champaña, si hay fría, si no, una botella de ron dorado.
—        Vamos juntos, — le repliqué.
—        No. Yo, mientras, limpio un poco y preparo todo. No tenés que rodear todo el edificio. Aquí a la derecha hay un portón que no cierran nunca.
Esta vez la besé yo, ella me respondió más brevemente, que las otras veces. Ya no sonreía, pero su mirada era muy tierna y llena de amor. ¿De dónde la conocía?
Estaba molesto por tener que ir de compras. Oscurecía rápidamente. Pasé a través de un arco, donde alguna vez habrá habido un portón y salí a una calle de tierra, que ascendía desde el campo a mi izquierda, hacia una esquina iluminada, unos doscientos metros a mi derecha. Las aceras no tenían pavimento y estaban cubiertas de altas malezas, que hacían imposible el tránsito, de manera tal, que tuve que bajar a la calzada, que estaba, en esta parte casi dos metros debajo de la acera. Al lado del arco vi una pequeña iglesia de ladrillo a la vista, con una torrecita cuadrada y que parecía abandonada. En la larga cuadra, todas las casas parecían abandonadas, los cercos derruidos y los jardines estaban cubiertos de malas hierbas.
Cuando llegué a la esquina, la edificación tenía aspecto de un almacén. Pero, al mirar por la ventana vi, que se trataba de una vivienda. La luz estaba encendida, pero no se veía nadie.
Tuve la seguridad, que no estaba en mi mundo. Por más que el raro labirinto de salas contiguas ya me hizo sospechar, no sabía si se trataba de un portal, o ya formaba parte de otro mundo.
Doble a la derecha. Solamente porque esta parte de esta calle estaba más iluminada y estaba asfaltada. Pensé que en este lugar, por más que logre encontrar algo abierto, difícilmente iban a aceptar tarjetas y yo sabía que no tenía efectivo. Hurgué en mis bolsillos y encontré un billete de cien pesos. «Ojalá, que haya champaña, para ron esto no alcanza», pensé.
Caminé varias cuadras sin ver una persona, ni un perro, ni un auto estacionado. Todo parecía desierto. Se terminó el asfalto y la calle, cubierta de malezas, terminaba en un callejón sin salida. Justo antes del punto muerto, a mi derecha, había una vieja casa semidestruida, donde vi unos hombres mayores con aspecto de gitanos centroeuropeos en el patio iluminado. Me acerqué al cerco bajo de alambre tejido y pedí su permiso para entrar. Parecían no escucharme. Repetí mi petición a gritos, se percataron de mí y me invitaron pasar con un gesto. Yo crucé el cerco y me acerqué al que parecía ser el jefe de esta gente. Él me estrechó la mano e invitó a pasar. Adentro, la casa no parecía estar en tan mal estado, como lo parecía de afuera. Me invitó a sentarme en un diván con vista a una ventana, que daba a una calle de aspecto completamente distinto, que el por la que yo había venido. El jardín de adelante era amplio y bien cuidado.
El hombre me ofreció una copa vino de una damajuana, la cual respetuosamente rechacé. Le empecé a preguntar de qué era este lugar, por dónde estaba la salida, si había negocios abiertos, aunque ya no guardase ninguna esperanza de volver con la chica del cuarto azul. En respuesta el gitano balbuceaba algo totalmente incomprensible en voz apenas audible. Le pedí que hable más fuerte y claro. Él levantó la voz, pero continuaba balbuceando. Le insistí, que hablase claro y él me contestó de manera comprensible, que no podía, que no estaba autorizado.
Sin mediar palabra, salí de la habitación en dirección al cuidado jardín del frente y entré a un muy elegante comedor con muebles laqueados. Se escuchaba un televisor a un volumen muy alto. Escuché que me llamaba por mi nombre una voz muy parecida a la de mi finado padre desde un cuarto contiguo. Allí vi, que sobre el diván había alguien tapado hasta la cabeza con una manta y me pedía con la voz de mi padre, que apagase la tele. Yo la apagué, salí del cuarto, crucé el comedor y salí al jardín, que resultó más pequeño, de lo que me parecía en un principio. Vi una mesa rectangular de jardín, con dos largos bancos, prácticamente al borde de la acera. La calle era una típica calle de un barrio suburbano paquete: autos estacionados, pero no se veía gente.
Yo estaba sentado de espaldas a la casa, pensando, que pasos debía emprender, cuando sentí, que me estaban observando. Volteé y vi a una jovencita de unos diecinueve o veinte años, rubia, con pelo largo, muy bonita, con un vestido blanco, que no llegaba a las rodillas. La chica me saludó, me sonrió y preguntó que hacía yo allí.
Le contesté que no sabía cómo había llegado, ni qué hacer, ni a dónde ir. Yo seguía sentado y la chica se acercó a mí y por detrás me abrazó por los hombros. Me invadió un gozo, un placer tan inmenso, como nunca había sentido antes en la vida. Si bien fueron pocos, he sentido algunos orgasmos muy plenos, pero el placer no era una décima parte, de lo que sentía en aquel momento. Mi vista se nubló con una niebla de un rosa pálido y sentía un aroma de rosas…
De repente todo terminó. La chica me había soltado. Más bien, una mujer mayor, más cerca de los ochenta, que de los setenta, había separado a la chica de mí y la llevó unos pasos en dirección a la casa. La chica se quedó allí, inmóvil, sonriente y con mirada ausente. La señora mayor volvió hacia mí con un libro, que parecía un tomo de jurisprudencia, se sentó a mi lado, y abrió el libro en una de las últimas páginas.
Allí había una fotografía: varias personas de treinta largos, una señora algo mayor, cuatro niños al lado de una lápida, donde divisé la fecha: 18/09/2035, luego mi nombre.
—        Me voy a morir en septiembre del 2035? – pregunté.
—        Ahora, ya nada se sabe. En este libro está la vida que debió ser tuya, y esta niña, Alexandrina, —dijo señalando a la rubia, — era la esposa que tenías destinada. Pero, por intervención de otros, ella murió, y las almas de tus hijos no nacidos, que estaban ya listas para venir al mundo, están inquietas y sufriendo y por eso permanentemente te convocan aquí.
—        Pero, yo nunca he estado aquí.
—        Cada vez se ve diferente, todo es de acuerdo a lo que te quieren transmitir. Pero ya estás demasiado tiempo aquí. Debes volver, o perderás el camino de regreso, entonces tu cuerpo no saldrá del coma y tú te quedarás en el limbo.
—        ¿Estoy en coma? ¿Qué es, infarto, ACV? — sé que estoy muy excedido de peso y estoy en el grupo de riesgo.
—        No. Simplemente dejas tu cuerpo y vienes aquí, — la dama suspiró profundamente, — trata de orientarte en la realidad para la que no estás preparado.
—        Preferiría quedarme con Alexandrina…
—        Ella no está aquí es sólo un reflejo, su tristeza infinita y su amor no realizado. Aquí es el limbo. Aquí queda todo lo que no fue. Aquí es muy fácil perderse para siempre. Bueno, tu tiempo apremia…
—        Bueno, decime, ¿quién era la chica en el pabellón y qué era este edificio? — yo casi suplicaba.
—        El portal de lo que no fue, pero pudo haber sido y la chica, una guía, que quiso ayudarte, ya que alguna vez tú la ayudaste, pero no te acuerdas.
—        ¡Contame de Alexandrina!
—        Se tendrían que haber conocido en Kiev, en septiembre de 1990, en la gran manifestación, pero, su propia tía cambió su vida por la vida de su hija al borde de la muerte. El cuerpo de la prima sobrevivió, pero su alma ya estaba muerta. La condenó a vagar por la tierra como una sombra todo el tiempo de vida, que tenía asignada Alexandrina. Con esto creó un gran torbellino astral, pero hay millones de ellos, y por eso nunca se alcanza la armonía…
En eso sentí un fuerte mareo. La cabeza me daba vueltas hasta las náuseas perdí el equilibrio y me caí del banco…
Sentí como si me hubiera caído de una gran altura sobre mi cama. No respiraba. Con fuerza de voluntad y superando un terrible dolor tomé una gran bocanada de aire. Tardé casi un minuto para darme cuenta, que estaba en mi cama.
Me había acostado a las nueve de la noche de un domingo aburrido, encendí la tele para mirar una película.
La tele seguía encendida. Miré mi teléfono: tenía dieciocho llamadas perdidas y otros tantos mensajes. Tenía hambre, insoportable dolor de riñones y ganas de ir al baño y un fuerte dolor de cabeza.
Eran las cinco de la tarde, pero del día miércoles.
Había estado inconsciente casi tres días.
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